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sábado, 14 de agosto de 2010

El sentido de la acción


Creo que en el vivir, las cosas no pueden hacerse porque sí, ni siquiera, exclusivamente por obligación y tampoco por devoción; creo también, que hasta lo más nimio en el discurrir de la existencia, tiene un sentido preciso.

Encontrar el sendero propio hacia lo que debe ser, pero no por cumplir con normas impuestas sino por sentir que algo se ilumina a medida que se avanza en la acción; algo propio que hace que una ráfaga de equilibrio te posea, más allá de lo que externamente pueda percibirse, por expresarlo de alguna forma

Cuando esto ocurre tienes la certeza de que determinada acción abre una puerta, y esta puerta sólo se percibe a través del sentimiento de que lo que se abre es la posibilidad de dibujar la ruta exacta hacia el paso siguiente.

Y es que en el vivir, una acción determinada, tiene principio pero nunca termina. Para que se entienda, es algo así como limpiar: Hoy puedo hacer que los cristales resplandezcan, pero dentro de unos días, tendré que repetir la acción y más adelante hacerlo de nuevo, pudiendo pensar que no tiene sentido tanta repetición, pero sí lo tiene; todo tiene sentido, aún cuando nuestro paso por este mundo tenga un límite, pero los límites, están sólo en la mente, en la dimensión física.

La energía que nos anima no sabe de límites, simplemente es y existe.. O¿Debería cambiar el orden de los factores?
...
Quizá no comprenda por qué los demás actúan como lo hacen y puede que esto les ocurra a los demás con respecto a mí, pero si lo que nos mueve a unos y a otros es el sentido de la acción, todos podemos saber que cada cual tiene sus razones.

domingo, 18 de julio de 2010

¡Hale! A la playita...


Debe ser que yo soy un poco rara, pero detesto, desde los doce años hasta el presente, lo de ir a la playa, o para ser más exacta, ir a la playa para bañarme y tomar el sol…

Ayer viendo un reportaje (con todos mis respetos, eso sí..) de cómo pasa mucha gente sus vacaciones, se me ponían los pelos de punta…

Eso de levantarse por la mañanita temprano, desayunar y darse prisa para bajar a la playa antes de que se llene, y una vez allí, y sólo para empezar la jornada, darse un baño de agua helada que deja rastros de salitre por toda la piel y bien de arenita pegada por las piernas en cuanto se dan dos pasos camino del metro cuadrado de la toallita… Sentarse sobre esa toalla en contacto con un suelo que de limpio tiene bien poco, o en el mejor de los casos “pillar” una hamaquita usada anteriormente por miles de personas, claro, porque lo de bajar con la sombrilla y las sillitas plegables desde el apartamento “en primera línea de playa”, ya me parece demencial, y a renglón seguido: ¡Hale a tomar el solito! Eso sí, escuchando lo que hablan todos los que nos rodean a una distancia de, como mucho metro y medio a pesar de que nos importe muy poco su vida y la de sus conocidos, pero no sólo eso, sino oler sus olores, a bronceador, al bocadillo de media mañana, (clamando interiormente cuando empezamos a escuchar el melodioso sonido del papel albal, por que no sea de sardinillas en aceite que tiene ácidos omega 3), a la cervecita del aperitivo con sus papitas fritas y luego tener que escuchar lo de “¡esto es vida!”…

Caso de que, queriendo evitar lo expuesto en el párrafo anterior, se te ocurra ponerte cerca de la orilla, sin hamaca ni toalla que poder plantar en la arena porque está mojada, pues lo más probable es que te caiga encima una pelotita de esas de goma maciza, de las de jugar a las palas o que los niños al pasar corriendo te salpiquen de agua y arenita con esa piel que se te ha puesto a 50 grados de temperatura en veinte segundos, aproximadamente, y que encima ni te has dado cuenta, porque al estar en la orilla, la brisita va refrescando la piel sin que te enteres de que te estás torrando sin remedio a pesar del bronce de protección 90, eso sí, con su perfumito a cocos salvajes del caribe…

En fin, que yo, lo de las vacaciones lo entiendo de otra manera…

miércoles, 14 de julio de 2010

Recuerdos...


El lento navegar de la memoria


en el sutil velero de los tiempos,


Disuelve los recuerdos del pasado


en el latiente lienzo de tu pecho.


No es posible retornar desde tan lejos,


no alcanzan nuestras manos extendidas


las caricias que murieron en los dedos...
.
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sábado, 10 de julio de 2010

Me he dado cuenta...


Creo que voy a hacer un apartado con el título: “Me he dado cuenta”, que es algo que me ocurre mucho últimamente, debe ser porque, llegada al punto en el que me encuentro, he aprendido a disfrutar de esos buenos momentos que hace unos años me pasaban desapercibidos y haberlos “haylos” porque una servidora se dedica a buscarlos, más bien a reconocerlos, con el mayor de los afanes, pero no esos grandes momentos con acontecimientos extraordinarios que se esperan en la juventud pensando en el largo futuro que se tiene por delante, sino, cosas normalitas, cotidianas, dándome cuenta de que no necesito mucho más…

Cosas como dejar de complicarme la vida a lo tonto preocupándome por posibles sucesos que, en el caso de que lleguen, les prestaré mi atención en ese momento, dependiendo cómo sea el momento, pero que mientras ocurran o no, pues estoy en lo que estoy.

Y en realidad, de lo que me he dado cuenta es que la vida de cualquiera, véase yo misma, está compuesta de instantes cotidianos, simples y ordinarios y son de ésos de los que se nutre el alma, sin negarme en absoluto a vivir grandes sucesos (y)* pero, que pensándolo bien, de ésos hay más bien pocos comparados con el resto de lo que se vive…

Así que, señoras y señores, servidora, para soportar mejor los treinta grados que tenemos en Madrid en este preciso instante, se va a tomar una horchata heladita con dos bizcochitos con aroma de limón, que sin duda, con la que está cayendo, me va a proporcionar un gran momento, je, je...

* ;)

miércoles, 7 de julio de 2010

Otras guerras...


Hablando de guerras…

Hoy en día, además de todas las guerras oficiales o extraoficiales, subterráneas, declaradas, secretas, frías o calientes que a cualquier ser de buena voluntad nos indignan y averguenzan, existen otras... Guerras permitidas en las que pocos reparan o califican como tales y muchos participan como mercenarios de forma activa o pasiva; guerras que producen daños de incalculable importancia, tan incalculable que son ataques directos al mundo emocional de tantos y tantos seres humanos.

Guerras cuyo principal proyectil es la palabra, palabra pagada porque la mayoría de las veces va cargada de dinero sucio o de ansias de poder, ornamentada por la falta de respeto, de ética, proyectiles devastadores que pocos se atreven a detener.

A diario se contempla, cómo desde los medios de comunicación, sin sonrojo ni compasión alguna, se destapan, se airean, se desgranan las vidas e intimidad de personajes conocidos, bien sean del mundo del corazón, de la política, de instituciones religiosas o incluso de quienes, de no ser por sus miserias, siempre hubieran ocupado las filas del anonimato.

Lo peor es que nadie, ni siquiera la justicia pone límite a esta locura y este tipo de actitud empieza a verse como algo normal, sin importancia, como una actividad más para el tiempo de ocio.
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¡¡¡Bla... Bla... Bla.../ Ratatatá/ Boooooom!!!