
Hay momentos, a lo largo de la vida, en los que se siente al ego llamar a la puerta del sinsentido y todo gira en torno a nuestra supuesta inocencia con respecto a lo que nos ocurre, principalmente si es motivo de sufrimiento o preocupación.
¿Quién va a tener la culpa sino “otros” de lo que a mí me ocurre? Nos dice la sorda vocecilla de la víctima que hay en cada cual…
Como si los acontecimientos que llegan a nuestra vida los eligiera cualquiera que no fuéramos nosotros mismos, para hundirnos porque sí, por el gusto de fastidiar…
Como si cada cual (salvo excepciones) no tuviera suficiente con su vida, sus problemas y sus propias miserias para andar –además- pensando en la forma de fastidiar al de al lado…
En esos momentos no imaginamos la satisfacción que puede llegar a producir saberse responsable de aciertos y errores, el peso que se aligera en el ánimo al absolver al prójimo de culpas y reconocer las lecciones que a causa de nuestra actuación acertada o no, hemos aprendido a lo largo de nuestro recorrido vital.
Porque la aceptación de esas lecciones es, precisamente, la que nos proporciona dignidad humana pudiendo reconocernos dueños de nuestro destino y por lo tanto de nuestra vida, percibiendo, de esta manera, nuestra libertad de elección y acción y, por añadidura, poder comprender y apreciar al otro, siendo capaces de ponernos en su lugar.




